domingo, 10 de diciembre de 2006
Por comer carne se nos puede acabar el planeta
En 1782, el soldado escocés John Oswald llegó a Bombay, deseoso de combatir para la Compañía de las Indias Orientales. Pero luego de presenciar el bárbaro trato que los británicos daban a los nativos, Oswald renunció a su puesto y empezó a conocer a los indios orientales. Pronto, Oswald se hizo vegetariano y luego se unió a la Revolución Francesa, con la proclamación de que la fraternidad debería extenderse al reino animal. Oswald fue uno de muchos revolucionarios vegetarianos, desde el siglo XVIII hasta el XXI, embebidos de la filosofía de Jean-Jacques Rousseau. Dos siglos y medio después de la declaración de Rousseau, los vegetarianos y los carnívoros siguen trabados en la batalla. En los siglos XVIII y XIX, cuando las poblaciones crecían exponencialmente y ya se veía el daño ambiental, tanto vegetarianos como carnívoros expresaban su preocupación porque la producción de carne requería más tierra que la requerida para producir vegetales. Sin embargo, desde entonces, la producción comercial de carne ha progresado en dirección opuesta, apropiándose cada vez más de las tierras cultivables. Entre un tercio y la mitad de las cosechas mundiales sirve para alimentar a animales. Gran parte de la destrucción de la vida silvestre (200 millones de hectáreas de bosque tropical desde 1960) ha sido causada por proveer a las ineficientes demandas de las industrias láctea y de carne. Los combatientes contra el consumo de carne, históricamente, han tenido metas imposibles; pero es menos realista aún pensar que podemos continuar indefinidamente con este relajamiento moral. Según las dramáticas cifras del ecologista David Pimentel, de la Cornell University, Nueva York, criar reses requiere hasta 27 veces más energía para producir que la proteína vegetal. Esto indica, al ojo, que una forma simple de enfrentar el calentamiento global sería volvernos todos vegetarianos. El cambio climático también tiene que ver con los 20 billones de granjas animales que emanan gas metano, que produce el efecto invernadero. Los ecosistemas brasileños Amazonas y Cerrado, mientras tanto, han sido devastados por el avance de la ganadería y, más recientemente, por el cultivo de soya, 80 por ciento de la cual se usa para alimentación animal. Hasta que la carne se produzca de manera racional, los vegetarianos continuarán ostentando el título de más éticos. Al menos, quienes hacen las políticas y los consumidores deberían pensar en eso de comer carne como se piensa en el consumo de combustibles fósiles: no lo podemos eliminar, pero podemos reducirlo.Afortunadamente, hay carne en el mercado que no participa de muchos de estos problemas. Como ya descubrieron los pastores hace 8 000 años, la crianza de animales puede ser una manera eficiente de aprovechar recursos que, de otra manera, serían desperdiciados, tal como la hierba. Bien administrado, el pastoreo en colinas de ganado con un mínimo de alimentación con granos, hasta puede contribuir positivamente a la ecología local, como en el caso de las tierras incultivables, donde los animales mantienen a raya la maleza.Alimentar a los animales con desechos vegetales es otra forma de transformar el desperdicio en alimento, en vez de transformar el alimento en desperdicio. Cuando era adolescente, crié puercos y gallinas con las sobras de la cocina escolar, de la panadería y del mercado de legumbres. La carne resultante era -y todavía sería si podemos negociar las nuevas leyes sobre la basura- muy buena y muy sabrosa para todos. Véase el negocio recientemente lanzado ‘Fareshare 1st’ (Intercambio de comida primero), el cual usará algo de las enormes cantidades de sobras alimenticias para comida animal. Si pudiéramos pensar más allá de la idea de que comer carne es asesinar, veríamos que criar animales así realmente reduciría el impacto humano en la ecología.Quizá suene cruel para algunos, pero lo menos dañino sería comer animales silvestres seleccionados por no estar en peligro de extinción. Por ejemplo, aquellos que a falta de predadores naturales se han vuelto un problema, como las poblaciones de venados en ciertas partes de Gran Bretaña. Y los conejos, que no tienen el menor riesgo de extinción. La caza de animales silvestres nunca suplirá la demanda de carne, pero no causará el desperdicio de recursos valiosos y la contaminación que es inherente a la industria de carne. Los municipios escoceses estimulan a los bares escolares a que sirvan ‘Bambi-burgers’ para limitar los 70 000 venados que nacen cada año, dando así a los niños carne local y criada en libertad, con un mínimo de grasa y colesterol. Durante siglos, la cacería deportiva fue satanizada. Pero como un método de recolectar alimentos, la cacería pone al consumidor y al producto en contacto más cercano. Cambiar el festín diario de carne del supermercado por más vegetales y un venadito ocasional, quizá sea difícil para la mayoría. Pero si podemos rebasar con la imaginación la distancia entre nosotros y un mundo empobrecido con un ambiente deteriorado, todo por culpa de nuestros hábitos alimenticios, todo es posible. Además, sería más saludable y mucho más sabroso. Por eso, junto con las moras silvestres que arranqué y el rábano picante de un potrero inglés, recientemente serví a mis invitados las salchichas de un venado que cacé hace poco.
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